«Soy Santiago y hago quesos con las manos, con tiempo… y con alma.»
Desde hace más de una década, me levanto todos los días con el mismo deseo: transformar leche fresca en algo que te abrace el paladar y te conecte con lo simple, lo real. Hago quesos artesanales en una pequeña cuadra a las afueras de Buenos Aires, donde el tiempo no apura y cada queso tiene su historia.
Acá no vas a encontrar procesos industriales ni nombres vacíos. Acá hay texturas, aromas, estaciones. Trabajo con leche de tambos familiares, uso fermentos vivos, y cada pieza la curo, la lavo o la giro yo, a mano. No hago cientos, hago pocos… pero bien hechos.
Mi sueño no es tener una fábrica. Mi sueño es que pruebes un reblochón criollo y cierres los ojos. Que una provoleta estacionada al romero te devuelva un domingo en la parrilla de tu abuelo. Que un brie suavecito te dé ganas de compartir una copa con alguien querido.
Si llegaste hasta acá, te invito a probar. No vendo solo quesos: comparto pedacitos de lo que creo que vale la pena. Gracias por estar del otro lado.
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«Soy Santiago y hago quesos con las manos, con tiempo… y con alma.»
Desde hace más de una década, me levanto todos los días con el mismo deseo: transformar leche fresca en algo que te abrace el paladar y te conecte con lo simple, lo real. Hago quesos artesanales en una pequeña cuadra a las afueras de Buenos Aires, donde el tiempo no apura y cada queso tiene su historia.
Acá no vas a encontrar procesos industriales ni nombres vacíos. Acá hay texturas, aromas, estaciones. Trabajo con leche de tambos familiares, uso fermentos vivos, y cada pieza la curo, la lavo o la giro yo, a mano. No hago cientos, hago pocos… pero bien hechos.
Mi sueño no es tener una fábrica. Mi sueño es que pruebes un reblochón criollo y cierres los ojos. Que una provoleta estacionada al romero te devuelva un domingo en la parrilla de tu abuelo. Que un brie suavecito te dé ganas de compartir una copa con alguien querido.
Si llegaste hasta acá, te invito a probar.
No vendo solo quesos: comparto pedacitos de lo que creo que vale la pena.
Gracias por estar del otro lado.
— Santiago, de La Cuadra Quesera